Tan cerca y tan lejos: La diáspora mexicana en Estados Unidos como activo geopolítico

La diáspora mexicana es la segunda más grande en los Estados Unidos

La diáspora mexicana es la segunda más grande en los Estados Unidos. Imagen: Inteligencia artificial.

Ya sea que uno lamente la lejanía de Dios y la cercanía de Estados Unidos como se le atribuye a Porfirio Díaz, o que busque darle un giro a la expresión a la López Obrador—bendito México, tan cerca de Dios y no tan lejos de Estados Unidos—, lo cierto es que ambos sentimientos logran encapsular la dualidad y complejidad de la relación bilateral. Como vecinos con más de tres mil kilómetros de frontera compartida, flujos migratorios intensos y relaciones comerciales clave, la cooperación más que deseable es necesaria.

Ahora bien, poco dicen de la realidad de millones de mexicanas y mexicanos en el exterior quienes lejos de México viven en el eterno crisol de culturas. Según el Consejo Nacional de Población (CONAPO) en 2024 alrededor de un tercio de la población migrante en Estados Unidos tiene a México como su país de origen, mientras que, en ese mismo año, la Oficina de Censos de los Estados Unidos estimaba alrededor de 39 millones de personas de ascendencia mexicana viviendo en el país, es decir alrededor del 11.5% de su población total. De acuerdo a estas estimaciones, la diáspora mexicana es la segunda más grande en los Estados Unidos y, aun así, la política exterior de México parece tener una visión limitada de la relevancia y prioridad de esta población—reconociendo su importancia para el desarrollo nacional en términos de remesas y talento humano, pero no su papel como un actor político en el escenario geopolítico.

En el contexto actual de la relación entre México y Estados Unidos la incapacidad del país para articular a la diáspora mexicana como un actor político coherente constituye una debilidad estructural de la política exterior que debilita su capacidad de influencia y posicionamiento geopolítico a largo plazo. La vinculación exitosa de los intereses de México en el exterior con la diáspora mexicana incrementaría la capacidad de proyección internacional del país, reconociendo la influencia de la diáspora en lo nacional e internacional y activándose como un actor clave en el escenario de la relación bilateral.

De modo que este análisis centra su atención en el papel de la diáspora mexicana en la relación México-Estados Unidos a modo de explorar los escenarios prospectivos y las implicaciones de política exterior de este grupo como actor geopolítico. Primero, se encuentra un breve diagnóstico del papel y relevancia de la diáspora mexicana. Después se enmarca su actuación en la situación geopolítica actual y se plantean algunos escenarios prospectivos. Finalmente, se presentan las conclusiones del texto.

En esta línea, habiendo discutido brevemente la presencia demográfica de la diáspora mexicana en los Estados Unidos es importante señalar el peso de este grupo para el desarrollo de ambas naciones por su peso económico, cultural y potencial político.

Por un lado, para México las remesas representan un ingreso fundamental para la economía mexicana, tanto por la liquidez que les otorga a las familias mexicanas como por ser una fuente de divisas. En 2025, a pesar de observarse una disminución del 4.6% de las remesas con respecto a 2024, se mantuvo como la principal fuente de divisas, por encima de otras industrias clave como el turismo, la inversión extranjera directa y las exportaciones petroleras. Por otro lado, para los Estados Unidos representan una fuerza laboral importante, especialmente en algunas de las industrias clave como la agrícola y manufacturera, pero también cada vez en mayor medida como mano de obra calificada y especializada.

De tal manera que tanto por su tamaño como por su impacto económico la diáspora mexicana cobra relevancia de ambos lados de la frontera, sumado a su papel social y cultural al ser parte de los tejidos sociales de ambos países, tiene el potencial para incidir en la política de ambos países y, sin embargo, existe en un limbo. Al vivir fuera de México quedan al margen de las conversaciones y decisiones políticas que definen el rumbo del país, mientras que en su país de residencia son excluidos también, ya sea totalmente por su condición migratoria o parcialmente ante un creciente sentimiento nacionalista antinmigrante que ve incluso a aquellos naturalizados como ciudadanos de segunda categoría.

Por lo que cada vez más son las iniciativas y peticiones al gobierno mexicano para considerar a la diáspora en la toma de decisiones del país. Aunque se han hecho esfuerzos para materializar la representación de las y los mexicanos en el extranjero, tanto a través del voto como en la posible postulación de candidatos migrantes, las estrategias han probado ser deficientes para una representación efectiva y, más aún, la participación no es representativa de la diáspora mexicana. Esto en parte a las limitaciones materiales tanto en la infraestructura del Instituto Nacional Electoral (INE) en el extranjero—operando dentro de consulados y secciones consulares—como de la disponibilidad y presupuesto para personal debidamente capacitado; siendo que no es viable delegar esta tarea al personal consular.

Además de las limitaciones del INE, también es limitado el interés por legislar en favor de mejores condiciones para la representación de las y los mexicanos en el extranjero. Siendo que, al no tener representantes directos, las necesidades e inquietudes de la diáspora mexicana no son prioritarias para los representantes que radican dentro de territorio nacional. Sin embargo, hay una ausencia notoria en el desarrollo general de los procesos democráticos.

Para ejemplificarlo, en el proceso electoral 2023-2024 la lista nominal del electorado extranjero correspondió a alrededor de 223 mil registros, una cantidad muy por debajo del tamaño de la diáspora mexicana, incluso si sólo se contempla la que radica en Estados Unidos. Y en casos particulares, durante este mismo proceso, el Instituto Electoral del Estado de Puebla (IEE) se dispuso a realizar consultas ciudadanas con personas migrantes—considerando alrededor de 1 millón de emigrantes, según el INEGI en 2020—pero en los resultados de las consultas sólo se materializa la participación de 19 personas. Si bien esto se relaciona también a las limitaciones de recursos de las instituciones democráticas en el país, la diferencia es tal que vale la pena preguntarse si no hay también una fragmentación y desconexión entre la diáspora mexicana y la población que reside en territorio nacional, más puntualmente con sus instituciones.

La posible división entre la diáspora en Estados Unidos y el Estado mexicano—y en consecuencia con su propia identidad como mexicanas y mexicanos—supone una limitación que trasciende a la diáspora y a un ámbito únicamente sociocultural. Dado que en el contexto de la relación entre México y Estados Unidos se reconoce el papel de la diáspora mexicana para la proyección internacional del país, esta ruptura necesariamente representa también una restricción a las capacidades del Estado mexicano en el exterior.

La diáspora mexicana es tan diversa como lo es el país, son comunidades complejas y heterogéneas cuya identidad es múltiple. No se trata simplemente de la agrupación de personas migrantes en el exterior, son una fuerza económica, son embajadores culturales y son por ello inherentemente actores políticos. La diáspora entonces es un actor clave para cultivar el poder suave del país, representando y compartiendo su identidad con las comunidades en las que se insertan, así como siendo posibles puntos de entrada para el despliegue de una variedad de herramientas de la política exterior mexicana; entre las que se encuentra específicamente la diplomacia de diáspora.

En este sentido, el éxito de estas herramientas y la influencia geopolítica que puede ejercer la diáspora en Estados Unidos—o en cualquier lugar—depende directamente de qué tan articulada esté con su identidad y las instituciones mexicanas.

Y ante la relación asimétrica entre México y Estados Unidos tienen un potencial importante para la consecución de los objetivos de política exterior del país, dado que la presión que México puede ejercer a través de manifestaciones tradicionales de poder palidece ante las condiciones estadounidenses y se vuelve necesario el despliegue de herramientas no convencionales y la vinculación con actores estratégicos. Por lo que la conexión y el fortalecimiento de la relación con la diáspora responde a las necesidades del país más allá de lo que ofrece en términos de un interés económico, con el potencial de ser un actor geopolítico al ayudarle a expandir su influencia y proyección internacional.

Por lo que, ignorar la importancia de la diáspora mexicana y limitar su participación a su aportación económica supone una desventaja en el desarrollo de la relación entre México y Estados Unidos y representa una falla en la estrategia geopolítica.

Habiendo explorado la situación actual, la relevancia de la diáspora en Estados Unidos y discutido su importancia en el contexto geopolítico actual, se vislumbran tres posibles escenarios prospectivos considerando el diagnóstico previo de la situación, las tendencias observadas y los posibles detonadores.

En primer lugar, como posible escenario se encuentra uno de continuidad con el estado actual de la diáspora y su papel desaprovechado dentro de la relación derivado de la falta de articulación entre ella y las estrategias y objetivos de política exterior. En este escenario se sigue viendo a la diáspora como una fuerza económica y no política, continuando también con su limitada participación en el ámbito nacional. Como resultado, en este escenario México mantiene su capacidad limitada de influencia ante Estados Unidos y carece de la diáspora como posible medio de presión y de despliegue de herramientas alternativas, como la diplomacia de diáspora.

En segundo lugar, como escenario deseable se reconoce la dimensión y potencial político de la diáspora y se posiciona como un activo geopolítico clave para mejorar el posicionamiento de México ante Estados Unidos al tener una mayor incidencia indirecta en el país. Este escenario implica la priorización de la política exterior dentro del gobierno mexicano, lo que a su vez aumenta el presupuesto del que dispone para activar de manera más efectiva a la red consular de la mano del Instituto de los Mexicanos en el Exterior (IME). Además, implica también un ajuste en los objetivos de la red consular, que sin dejar de lado sus fundamentales e importantes labores de protección consular, en este escenario se enfocarían también en la construcción y fortalecimiento de identidad nacional en el exterior.

En tercer lugar, como un escenario disruptivo, se debilitan los vínculos con la diáspora de tal manera que las nuevas generaciones y sus descendientes pierden por completo la conexión con México, asimilándose por completo dentro del país. Este escenario podría poner en riesgo a largo plazo la llegada de remesas. Además, al desaprovechar el potencial político de la diáspora disminuye la influencia cultural y las capacidades de negociación de México al exterior, incluso llegando a que la diáspora, al priorizar sus intereses, se alinee con los intereses de Estados Unidos por sobre los de México.

Ante la coyuntura actual de la relación entre México y Estados Unidos, la articulación de la diáspora como un actor político coherente es más relevante que nunca y su omisión debilita su capacidad de influencia y posicionamiento geopolítico a largo plazo. Actualmente, a pesar del impacto de la diáspora en ambos países no se reconoce realmente su influencia más allá de lo económico, por lo que es necesario y urgente replantear su papel como un actor estratégico y no solamente una población a proteger.

Adicionalmente se debe reconsiderar la estrategia a largo plazo de la política exterior para revisar las oportunidades y desafíos de la red consular y el IME para la vinculación exitosa con la diáspora. De lo contrario, México enfrenta la pérdida de influencia e incluso a una mayor dependencia estructural a las mismas estructuras asimétricas en las que se encuentra inserto. No puede seguirse pensando como un tema únicamente social, sino que debe entenderse desde la geopolítica como un asunto relevante para la elaboración e implementación de una estrategia de política exterior integral que haga frente a las presiones actuales, pero también que genere a la larga un impacto positivo.

Renée Márquez Muro Hernández
Renée Márquez Muro HernándezAutoraThis email address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it.
Renée Márquez Muro Hernández es licenciada en Relaciones Internacionales por la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP) con línea terminal en Política Exterior de México. Como parte de su formación, realizó una estancia académica internacional en la Hankuk University of Foreign Studies (HUFS), así como una estancia de investigación en la Universidad Presbiteriana de Mackenzie en São Paulo. Está certificada como tutora par por la College Reading and Learning Association (CRLA), desempeñándose como tutora par en el Centro de Escritura de la UPAEP desde 2023. En cuanto a producción académica, participó en la traducción del cuarto volumen de la obra en edición “Antologías para el estudio y la enseñanza de la Ciencia Política” y en dos entradas en el segundo volumen de “Diccionario de Seguridad y de Defensa Nacional” ambos editados por el Dr. Herminio Sánchez de la Barquera y Arroyo. Y su artículo en coautoría con el Dr. Jorge Puga González, “La sobredimensión de la violencia en la imagen internacional de México: oportunidades y desafíos en materia de diplomacia cultural”, se encuentra en proceso de revisión doble ciega entre pares para publicarse en libro por editoriales de la Universidad Presbiteriana de Mackenzie y la UPAEP; mismo que fue presentado en el XXXVIII Congreso Anual de la Asociación Mexicana de Estudios Internacionales (AMEI) en Cancún, Quintana Roo (2025).